
Una noche, Oengus se encontraba durmiendo cuando, de repente, sintió algo que lo despertó. En la cabecera de su cama vio a una doncella, la más bella que jamás había visto. Fue a tomarla de la mano para llevarla a su lecho, pero ella se retiró repentinamente y desapareció. Pasó toda la noche despierto esperándola, pero no volvió a aparecer, y desde ese momento su espíritu no volvió a estar sano; incluso dejó de comer. A la noche siguiente volvió a verla, y esta vez ella le tocó una dulce melodía con la que se quedó dormido.
Pasó un año de esas visitas nocturnas, y él se enamoró de la desconocida, aunque nunca le dijo nada a nadie. Poco a poco se fue enfermando, y nadie a su alrededor sabía lo que le sucedía. Se llamó a los médicos de Irlanda, pero, tras hablar entre ellos, ninguno supo cuál era la causa del mal de Oengus. Decidieron entonces avisar al médico del rey, pues era el mejor preparado entre todos.
Fingen, que así se llamaba el médico, le habló desde la puerta de su habitación y le preguntó si su mal se debía a una mujer ausente. Oengus asintió con la cabeza. Entonces Fingen le dijo que debía hablar con su madre y hacer que sus mensajeros salieran en busca de aquella mujer.
Pocos días después, su madre llegó a la morada y el médico le contó los males que sufría su hijo. La instó a que buscaran por toda Irlanda a la joven que se le aparecía por las noches. Un año entero estuvieron buscándola sin resultado, y, al cabo de ese tiempo, viendo que Oengus seguía igual de enfermo, Fingen volvió a visitarlo.
Al comprobar que no habían hallado a la muchacha, dijo que habría que llamar a Dagda, padre de Oengus.
Entonces Dagda acudió, y el médico le explicó los terribles males que sufría su hijo desde hacía dos años. Como Dagda era un dios y conocía bien el mundo de las hadas, Fingen le pidió que solicitara ayuda al rey de ese reino para encontrar a la doncella. Dagda así lo hizo: habló con el rey, le contó la enfermedad de su hijo y le pidió ayuda para hallar a una doncella de tal belleza y distinción entre sus súbditos.
El rey le pidió un año y le rogó que, pasado ese tiempo, regresara para recibir noticias de su búsqueda.

Así, al cabo del año, Dagda volvió, y el rey le dijo que habían encontrado a la doncella en un lago. Lo invitó a llevar allí a su hijo para conocerla. Oengus fue trasladado en un carro hasta el palacio, donde se celebró un gran banquete que duró tres días y tres noches.
Al término de la fiesta, el rey lo llevó al lago para mostrarle a la doncella y comprobar si era ella la causa de su enfermedad, aunque también le advirtió que no estaba en su poder permitir que se desposara con ella.
Fueron hasta el lago, y allí estaba ella junto a ciento cincuenta doncellas más. Todas estaban unidas por finas cadenas de plata, y ninguna de ellas le llegaba a la otra más allá del hombro. Entonces Oengus preguntó al rey por su nombre, y este le respondió que se llamaba Caer. También le repitió que no podía hacer nada más por él, pues era hija del rey de las hadas de Connacht, territorio de la reina Maeve y Aillil. Después de aquello, Oengus regresó con su séquito y sus padres a su castillo.
Dagda decidió entonces ir a hablar con Maeve y su consorte. Al llegar, le dieron una gran bienvenida y pasaron una semana entera festejando con cerveza. Al cabo de ese tiempo, el rey le preguntó qué lo había llevado hasta allí, y Dagda le contó la enfermedad de su hijo a causa de la doncella Caer. Ellos respondieron que no podían hacer más que convocar al rey de las hadas de su territorio.
Cuando lo avisaron, este no acudió al palacio y solo envió un mensaje diciendo que no casaría a su hija con el hijo de Dagda. Los reyes, enfadados ante tal desplante, decidieron invadir su reino y apresarlo.
Ya en el calabozo, el rey Aillil fue a hablar con él y le preguntó por qué no quería desposar a su hija con el hijo de Dagda. El prisionero le explicó que su hija tenía más poder que él y que, además, no siempre poseía forma humana: un año era cisne y al siguiente doncella. Aillil le preguntó entonces cuándo volvería a convertirse en cisne, y él respondió que sería en Samhain, y que si deseaban saber de ella debían acudir al lago, donde estaría junto a las otras ciento cincuenta doncellas.

Después de darle estas explicaciones, los tres firmaron la paz y el rey fue liberado. Dagda regresó al castillo de su hijo para darle las buenas nuevas. Le dijo que, en Samhain, acudiera al lago y se acercara a hablar con ella.
Llegó Samhain, y Oengus acudió al lago. Allí vio ciento cincuenta cisnes con cadenas plateadas al cuello. Se acercó a la orilla y llamó a Caer. Ella le dijo que iría con él si le prometía, por su honor, que al día siguiente estaría en el lago. Oengus lo prometió.
Ella fue hacia él, y él le tendió los brazos. Cuando se encontraron, Oengus se convirtió en cisne, y juntos dieron vueltas sobre el lago y durmieron abrazados. Como no hubo nada deshonroso en sus actos, ella confió en él, y ambos partieron del lago en forma de dos aves blancas que, desde entonces, permanecieron unidas por siempre.

