
Hace mucho tiempo, en Irlanda, cuando fueron conquistados por los milesios, los Tuatha tuvieron que huir a montañas y colinas. Ellos mismos construyeron en ellas la Tierra de la Eterna Juventud, donde todo era belleza y no se conocía ni la muerte ni el dolor. A veces escapaban, tomaban un amante mortal y tenían hijos maravillosos, pero siempre volvían a su tierra.
Había un príncipe de las hadas llamado Midir, “el Orgulloso”, que vivía en una colina cercana a la actual Dublín y estaba casado con Fuanmach. Pero la mirada del hombre se posó un día en una hermosa doncella llamada Etain, de quien se enamoró perdidamente y a la que hizo también su esposa.
En poco tiempo, Fuanmach comenzó a sentir celos de Etain, cuya belleza era conocida en todo el país; tanto, que el mayor elogio que se podía dedicar a una mujer era decirle: «Eres tan hermosa como Etain».
Llena de ira y celos, Fuanmach fue a ver a un druida y le pidió ayuda para deshacerse de su rival. Con su magia, transformó a Etain en una mariposa y, después, levantó una tempestad que la hizo volar lejos del palacio de Midir. Así estuvo volando durante siete largos años.

Cerca del río Boyne, al norte de Dublín, Angus “de los Pájaros”, dios irlandés del amor, tenía su palacio. Cuatro pájaros brillantes revoloteaban a su alrededor, y se decía que representaban los besos: cuando cantaban, el amor florecía de inmediato en quien los escuchara.
Un fuerte viento abrió las ventanas del palacio y empujó a Etain hacia el interior. Como la gente de las hadas nunca podía ocultarse entre sí, Angus comprendió enseguida que aquella mariposa no era otra que Etain transformada. Por más que lo intentó, no consiguió liberarla completamente del hechizo, pero sí logró que, desde el anochecer hasta el amanecer, recobrase su forma humana. Angus la mantuvo a su lado en su palacio y le entregó su amor.
Le construyó un aposento luminoso y perfumado con miel y flores, para que durante el día —cuando era una mariposa— se sintiera a gusto. Además, rodeó la estancia con muros invisibles, de modo que los ojos curiosos no pudieran verla.
Años de felicidad los acompañaron, hasta que un día Etain volvió a conocer la desgracia. Fuanmach descubrió dónde estaba y envió otra tempestad tras ella, que la arrastró por toda Irlanda. Midir no había dejado de buscarla en todo ese tiempo, y su esposa seguía consumida por los celos y la rabia.
Finalmente, Etain entró por la ventana del palacio del rey de Leinster, que celebraba un banquete. Revoloteó hasta una viga del techo, donde descansó, pero cayó y fue a parar justo a la copa de vino de la reina. La reina bebió sin saberlo, y al cabo de nueve meses dio a luz a una niña: Etain había renacido como hija del rey, aparentemente mortal.
Creció hasta convertirse en una joven de belleza incomparable, como lo había sido en su otra vida.
Por entonces, el Gran Rey de Irlanda no tenía esposa, y en una asamblea los nobles lo instaron a tomar una. Poco después, el Gran Rey cortejó a Etain, la desposó y ambos fueron muy felices.

En la siguiente asamblea, Etain —ya reina— se encontraba en la llanura viendo las carreras y disfrutando de los juegos, cuando apareció un jinete sobre un corcel blanco como la leche. Vestía una capa púrpura de realeza que ondeaba tras él al trotar y su cabello era dorado como el sol.
Nadie que la acompañaba pudo verlo ni escuchar la invitación que le hizo para que volviera con él a las Tierras de la Eterna Juventud. Ese jinete no era otro que Midir, que tras muchos años de búsqueda por fin la había encontrado.
Pero Etain no lo recordaba. No recordaba su amor y le dijo que no volvería con él sin el consentimiento de su marido, el rey. Midir sabía que nunca obtendría tal permiso y se alejó triste, montando de nuevo en su caballo.
Tiempo después, un día en que el Gran Rey miraba desde la ventana de su palacio, vio cruzar la llanura a un jinete de cabello dorado y capa púrpura. El jinete se detuvo ante él y le propuso jugar una partida de ajedrez. El rey aceptó, y Midir sacó un tablero forrado en oro, con piezas engarzadas de joyas, digno de reyes.

El Gran Rey ganó la primera partida, y también la segunda. Midir pagó sus apuestas y pidió una tercera como revancha, la cual ganó. El rey le preguntó cuál era su deseo, y Midir respondió que solo quería un beso de Etain. El rey guardó silencio, y finalmente le dijo que regresara en un mes para reclamar su recompensa.
Desde aquel encuentro en la llanura, Etain comenzó a soñar con su vida entre las hadas. Poco a poco, los recuerdos regresaron: recordó su amor por Midir y volvió a suspirar cada día por él y por su antiguo país.
Midir también suspiraba por ella y permaneció todo el mes alrededor del palacio, invisible a los ojos humanos, esperando el momento de recuperar a su amada.
Llegó el día señalado. El Gran Rey reunió a su ejército y lo dispuso alrededor del palacio; dentro, sus nobles y guerreros se sentaron a un banquete, mientras Etain les servía el vino.
De pronto, en medio del salón apareció Midir, más glorioso y hermoso que nunca. Sosteniendo su lanza con la mano izquierda, rodeó a Etain con el brazo derecho y, lenta y suavemente, ambos se elevaron por el aire y salieron por una ventana superior.
Rápidamente se dio la alarma y cada hombre empuñó su arma. Pero cuando el Gran Rey y sus nobles salieron corriendo al exterior, lo único que pudieron ver fueron dos cisnes blancos que giraban en el aire sobre el palacio.
Espero que os haya gustado este mito y muchas gracias por leerme.

