
Cuenta la leyenda que la joven Dectera, hija de un noble, un día desapareció junto con otras cincuenta jóvenes vírgenes, a las que estuvieron buscando durante más de dos años sin encontrar ni rastro de ellas.
Hacía ya tiempo que habían dejado de buscarlas cuando, una mañana en la que los hombres estaban cazando, vieron cómo en una pradera cercana se posaba una bandada de pájaros. Observaron que no actuaban de una manera normal, sino que, al alimentarse, arrancaban y engullían las plantas completas, incluso con la raíz. Los cazadores, preocupados por el daño que se estaba haciendo a sus cosechas, comenzaron a perseguirlas con sus carros, lanzándoles piedras con sus hondas.
Atravesaron campos, bosques y pequeños arroyos, pero no había manera de capturarlas. Observando bien su comportamiento, vieron que volaban de manera singular, ya que lo hacían divididas en nueve grupos, guiados por una pareja que estaba sujeta por un fino yugo de plata, mientras que las demás aves estaban unidas en parejas por una fina cadena del mismo material.

Les alcanzó la noche sin poder darles caza. Cuando los hombres, ya cansados, decidieron parar, el rey instó a dos de sus acompañantes a que buscaran un lugar donde alojarse, ya que había comenzado a nevar. En su búsqueda encontraron una pequeña y destartalada choza a la que se acercaron; llamaron a la puerta y les abrió un hombre con su mujer, quienes aceptaron de buen grado que se quedaran allí aquella noche tan fría. Volvieron donde estaba el rey con la buena nueva y todos acudieron a la choza para descansar.
Al cruzar la puerta de la cabaña se llevaron una gran sorpresa, ya que esta, que por fuera parecía una pequeña choza a punto de caerse, resultó ser un verdadero castillo en su interior, con salón de banquetes, aposentos, cocinas y establos. Pero la sorpresa fue aún mayor cuando el rey reconoció en la joven a Dectera y en su marido a Lugh, así como también reconoció en las jóvenes que la acompañaban a las cincuenta vírgenes que habían desaparecido tiempo atrás.

La noche pasó entre risas, conversaciones y una abundante cena, pero a la mañana siguiente, cuál sería la sorpresa de los invitados cuando, al despertarse, lo hicieron sobre la hierba. Nada quedaba de la choza ni del castillo, ni siquiera de las jóvenes doncellas: tan solo una pequeña estancia dentro de la cual había una cuna con un bebé varón en su interior.
Era el regalo que Dectera hacía a su pueblo, un varón predestinado a ser el mayor de sus héroes. El niño fue llevado a palacio y entregado a la hermana de Dectera para que lo criase. Ella lo aceptó con agrado, nombrándolo Setanta.
Espero que os haya gustado ☺️
