
Unos años después, llegando el momento de tomar las armas de la edad adulta, caminaba Cú Chulainn un día por el bosque cuando se encontró con el druida Cathbad, que estaba enseñando a sus discípulos cómo adivinar el futuro mediante las hojas de los robles.
Cú Chulainn se atrevió a preguntar a tan sabio druida qué le deparaba el día. Cathbad lanzó unas hojas al aire, observó su caída y le dijo al joven que quien tomara las armas de adulto ese día sería un gran guerrero, tan grande que sería recordado durante generaciones.

Cú Chulainn, sin darse por aludido, siguió caminando hasta llegar a palacio, donde quiso ser recibido por el rey. Este le preguntó por sus deseos, a lo que él respondió que había llegado el momento de tomar sus armas de adulto, ordenando el rey que se le entregaran.
Se le otorgaron dos robustas lanzas, las cuales quebró con un simple giro de muñeca, pareciendo frágiles como ramitas de sauce, y lo mismo ocurrió con todas y cada una de las armas que se le daban. Todas quedaban inservibles, tiradas sobre la alfombra de la sala. Incluso los carros de combate los destrozaba a puntapiés, para demostrar que esas armas no eran válidas para él ni para su fuerza descomunal. Finalmente, el rey ordenó que se le entregaran sus dos lanzas y su propio carro de combate, quedando Cú Chulainn contento, ya que estas no las podía destruir.
Según entrenaba con sus nuevas armas, iba ganando gran destreza y su cuerpo se convertía en el de un atleta. Tal era así que, al llegar a la mayoría de edad, todas las doncellas del lugar suspiraban al verle, y el Consejo de Ancianos decidió que era momento de que tomara esposa.
Ninguna era de su agrado, y a muchas fue a las que conoció, hasta que un día, celebrándose un banquete real, conoció a la preciada Emeth, y fue entonces cuando sintió que su noble corazón daba un vuelco. Tal fue el amor que sintió por ella que, sin dudarlo ni un momento, decidió pedirla en matrimonio. De esta manera, al día siguiente puso rumbo al castillo de Forgall, donde habitaba tan dulce doncella.
Emeth se encontraba junto con otras jóvenes, todas ellas hijas de los nobles que servían a su padre, hablando distendidamente y enseñándoles los secretos del bordado, ya que ella era quien mejor realizaba esta labor en toda la corte. Distante la observaba orgullosa su madre, sabiendo que, tan joven como era su hija, ya poseía todas las habilidades que debía tener una mujer, que eran: la belleza, la conversación ponderada, la voz dulce, la sabiduría reservada, la aguja y la castidad y pureza de pensamiento.
Mientras la madre divagaba en sus ensoñaciones, el ruido de un carro acercándose por el camino al castillo la sacó de ellas. Sin demora, llamó a su hija para que acudiera a su lado, mientras mandaba a una de las jóvenes que se asomara a la almena y comprobara quién osaba acercarse al castillo sin anunciarse.
La dama relató que se aproximaba un carro tirado por dos maravillosos potros negros, tan grandes y fuertes que levantaban la tierra del suelo a su paso. Subido al carro iba aquel del que todas las damas hablaban y suspiraban, por ser el hombre más bello de toda Ériu, aunque con semblante serio e incluso triste. Vestía una túnica blanca e impoluta como la nieve e iba envuelto en un manto de color bermejo, sujeto con el broche más brillante que se hubiera visto nunca. Tras él, sujeto a la espalda, llevaba un escudo del mismo color que el manto, con un dragón en el centro bordado en plata y el reborde del mismo material. Como auriga iba un joven pecoso, alto y esbelto, cubierto con un casco de bronce.
El carro se detuvo en el centro del patio del castillo y Emeth bajó rauda a saludar a Cú Chulainn para saber qué le había llevado hasta su palacio. Este le explicó que había sido el sentimiento de amor por ella, pero Emeth no pudo más que decirle que su padre era quien decidía sobre su vida, y que primero debía desposarse su hermana, como las leyes de su familia mandaban. También le explicó la fuerza y destreza de los guardias que la protegían.
Cú Chulainn le dijo que el amor que sentía no era por su hermana y que solo se casaría con ella, aunque tuviera que esperar el tiempo que fuera necesario. El joven bajó la mirada hacia su escote y vio que tenía la piel blanca y pura como la nieve recién caída. Emeth volvió a llamar su atención, diciéndole que, antes de perderse en la llanura de su escote, debía cumplir con sus deberes, los cuales aún no había comenzado.
Con estas palabras, Cú Chulainn instó a su auriga a que volvieran a sus tierras y, por el mismo camino que llegó a palacio, ambos desaparecieron.
