
Tan profundamente calaron las palabras de Emeth en Cú Chulainn que, a la mañana siguiente, se hallaba preparado para comenzar su formación y conseguir así las hazañas y la valentía que ella le había pedido. Emeth le habló en su conversación de una guerrera llamada Scáthach, que vivía en la Isla de las Sombras y preparaba a los jóvenes más valiosos para ser los mejores en batalla.
Cú Chulainn decidió ir a verla y conseguir que le entrenase. Ya desde que el viaje comenzó no fueron pocos los peligros que tuvo que afrontar: cruzó bosques encantados y largas llanuras desiertas, hasta que llegó a una zona repleta de ciénagas conocida como «Mala Suerte», donde se vio atrapado por un lodazal que detenía sus pies, mientras unos afilados riscos evitaban que pudiera sujetarse a las rocas de manera alguna.
Cuando estaba a punto de rendirse, una figura luminosa captó su atención. No sabía si era un humano o un dios quien le entregó una rueda de madera, diciéndole que, cuando no supiera qué camino tomar, la lanzase y la siguiera. Igual que apareció, la figura se desvaneció, habiendo sacado al joven Cú Chulainn del lodo.

Queriendo poner a prueba el objeto que le había dado el desconocido, lanzó la rueda y la siguió. Al hacerlo, unos brillantes rayos dorados le indicaban el camino a seguir, y así, gracias a esta, consiguió salir del peligroso llano, mientras continuaba avanzando y venciendo todos y cada uno de los peligros que le acechaban, hasta que se encontró justo delante del puente que llevaba al castillo de la guerrera.
A los pies del puente numerosos y hastiados muchachos esperaban. Cú Chulainn reconoció entre ellos a Ferdiad, su amigo, al que preguntó qué hacían allí y cómo podía cruzar. Este le dijo que debía esperar a ser llamado por Scáthach, ya que, de lo contrario, el puente comenzaba a zarandearse hasta devolverlo al punto de partida.
Cú Chulainn estaba decidido, pues no tenía tiempo que perder y, ante la mirada de los jóvenes, se dispuso a cruzar. Las tres primeras veces el puente lo arrojó de vuelta al comienzo, pero a la cuarta consiguió llegar a las puertas del castillo. Allí, asombrada por la valentía que había demostrado el joven, se encontraba la guerrera, quien acudió a recibirle y a bendecirle con su tutela.
Un año estuvo Cú Chulainn aprendiendo todas las artes que Scáthach conocía, hasta que esta le enseñó cómo utilizar el Gaé Bolga (una larga lanza a la que le salían púas al entrar en contacto con la piel), arma que solo ella podía construir en su forja y que le regaló por haber sido un alumno excelente durante todo su entrenamiento.

Cuando este finalizó, el joven se dispuso a volver a sus tierras, no sin antes participar en una batalla para ganar el prestigio que necesitaba. Su auriga, que había ido a recogerle, tomó camino hacia un territorio que siempre estaba en guerra: los límites de Connaught y Ulster. Allí encontraron un dolmen en el que, en lenguaje ogham, se podía leer:
«El hombre que, en edad de portar armas, se encuentre en estas tierras, se le impondrá un geis (una prohibición o tabú) si no reta a ningún habitante a combate».
Al leer esto, el guerrero entró en cólera, ya que no veía a nadie a su alrededor. Montó de nuevo en su carro y, sobre una fortaleza, divisó a un hombre: era el hijo del rey de esas tierras. Pero su auriga le dijo que sería imposible matarlo, pues estaba protegido por el encanto de un druida. Cú Chulainn, sin escucharlo, cogió una piedra del suelo, sacó su honda y se dispuso a disparar. Cuando lo hizo, acertó un golpe en la cabeza al guardia, matándolo.
El guerrero cogió el cuerpo y lo subió al carro. Fue entonces cuando lo reconoció y fue al castillo de su padre para enfrentarse a los demás hermanos.
Al llegar a palacio y ver su carro, todos huyeron despavoridos, incluso los vigilantes que lo custodiaban. Así, el guerrero aprovechó para llenar su carro con todas las riquezas que encontró, dejando en paz a los habitantes del lugar. Con todo el botín recogido, puso rumbo al castillo de Emeth donde, al llegar, pidió al rey la mano de su hija menor, pagando con las riquezas obtenidas en el camino la dote de la hermana mayor.

Emeth, feliz por haber sido conquistada como ella deseaba, y su padre, satisfecho porque el joven se había convertido en un gran guerrero, dio su bendición para que ambos se casaran.
